LA MUERTE DE UN PATRIARCA
Tenía que ocurrir y ocurrió: murió Hugo Chávez, el toro de Sabaneta, el hombre que desafió a medio mundo y quiso ser el descendiente directo de Bolívar, y hasta puede que con su muerte lo consiga. Morir a los 58 años, una auténtica fuerza de la naturaleza como él era, da que pensar sobre los inescrutables designios del Altísimo, pero también imprime, y de qué modo, carácter. Morir, relativamente joven, como ha muerto Chávez es un timbre de gloria para pasar directamente al plano del heroísmo y del mito. Y a fe, que, entre sus millones de fervorosos partidarios, ya lo es. Sudamérica necesita mitos, fabricados o no, como los tienen los Estados Unidos, hechos a menudo a base de celuloide, como el gran Abraham Lincoln y los padres fundadores. Venezuela –la pequeña Venecia–, como el resto de los países iberoamericanos, se pasaron la vida reclamando su identidad, tratando de librarse de la...