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Mostrando entradas de junio, 2019

Y EN ESO LLEGÓ ZAPATERO

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       Ahora que parece que habíamos conseguido que los dos pontífices, Felipe González y José María Aznar, por fin mantuvieran la boca cerrada, he aquí que de repente llega el tercero, José Luis Rodríguez Zapatero, haciendo honor, él también, al viejo dicho de los jarrones chinos, con los que a menudo se compara a los presidentes eméritos, que nadie sabe donde ponerlos.        El problema de Zapatero, como más de una vez he dicho, es que, tras permanecer casi tres años en el fondo de su madriguera, como las marmotas, después de su catastrófico final, por fin, viendo que parecía que escampaba, asomó una mañana el hocico y, viendo que no se lo rompían, lo asomó un poco más, y así sucesivamente, hasta que se atrevió a salir a la calle como un ciudadano más. Poco a poco se fue envalentonando, hasta que un día, poniéndose frente al espejo, esbozó su eterna sonrisa de falsete y, viendo que funcionaba, se propuso mediar, en Venezuela, en su comunidad de vecinos, en donde fuera; mediar

EL EJEMPLO DE MANUEL VALLS

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            Nunca me gustaron los políticos que se cambian la chaqueta, y lo que hizo Valls aceptando la oferta de Albert Rivera me pareció, a primera vista, simple oportunismo; pero, tras las elecciones municipales, su gesto de ceder generosamente sus concejales a Ada Colau para evitar que la alcaldía del Barcelona cayera en manos del antiguo socialista, y hoy acérrimo independentista, Maragall, me pareció simplemente de diez. Gestos como el de Valls permiten ver la distancia que hay entre la consolidada clase política europea y la española, donde todo vale con tal de conseguir un fin, aunque para ello haya que tergiversar una y mil veces las palabras, como si el electorado rozara lo infantiloide.              Hay líneas rojas –y que conste que son los políticos las que han empezado a utilizar expresiones de esa índole, al igual que la de los “cordones sanitarios”– que jamás se deben traspasar, pero a diario vemos que lo que es malo aplicado a los demás, no lo es cuando te lo a

LOS EXCLUIDOS

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            En medio del chalaneo en que se han convertido los pactos postelectorales, surge de nuevo el dato, frío como todos los guarismos, de la exclusión social en España: 8,5 millones de excluidos o en la antesala de la exclusión. Una auténtica barbaridad. Estamos, con ligeros matices, donde estábamos cuando empezó la catástrofe de la crisis. Y si los de abajo están donde siempre, y el número de ricos se ha disparado, ello quiere decir sin duda que las distancias se han hecho más grandes, que el  décalage en vez de reducirse, se amplía, para desdicha de los que van pasando de la indignación a la más absoluta desesperanza.      No cabe duda de que las sociedades liberales, que, para colmo, en especial las europeas y norteamericanas, se denominan cristianas, dejan tras de sí un reguero de excluidos y fracasados, por muy diversas causas, condenados a la mera supervivencia. Es el precio que hay que pagar para que unos cuantos afortunados vivan a todo trapo. Una pura fatalidad. 

USAR Y TIRAR

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            Desde que, primero los norteamericanos, tras la Primera Guerra Mundial, y después los chinos, desde el principio del actual milenio, empezaron a inundar los mercados de becerros de oro, el mundo asiste a la mayor revolución de todos los tiempos, mayor incluso que la digital.              Casi sin darnos cuenta nos hemos convertido en la civilización de “usar y tirar”, aspiración máxima del pragmatismo y la cosificación, que han venido a suplantar al espiritualismo y al idealismo de antaño. Sin duda recordarán cuando nuestros abuelos, e incluso nuestros padres, tenían un reloj que les duraba años, e incluso toda la vida; un par de trajes, media docena de camisas y corbatas, un abrigo y, a lo sumo, una gabardina, dos pares de zapatos; en fin, una cosa modesta; estrenar esa un acontecimiento; y cuando algo se estropeaba, ahí estaban el relojero, el zapatero o el zurcidor.              Todo eso es cosa del pasado, incluso en las familias más humildes. El antiguo  prêt-

ARSÉNICO POR COMPASIÓN

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            Le dice Daisy a Bérenger al final de  Rinoceronte de Ionesco: “En menos de una semana hemos vivido todas las fases de un enamoramiento: desde la primera cristalización, hasta la extinción de la pasión, pasando por los momentos de exaltación y de duda”. Y  algo parecido ha ocurrido a ese movimiento convulsivo y lleno de esperanzas que fue “Podemos” en sus inicios. Un movimiento que sacudió hasta las raíces a un PSOE anquilosado, timorato e incapaz de ilusionar; un PSOE aburguesado, con un aparato más pendiente de perpetuarse que de renovarse.             Lo que significó Podemos en aquella España que agonizaba bajo la angustia de una crisis inacabable, lo vivimos, jóvenes y adultos progresistas, con una ilusión inusitada: “Por fin, dijimos, algo se mueve en la tierra baldía en que se había convertido la política en España”. El “sí se puede” avanzó como una marea, hizo tambalearse los cimientos de la vieja izquierda, que, de la noche a la mañana, perdió la mitad de los